Hoy, durante el desayuno, surgió una conversación con mi madre. Hablamos sobre cómo ella se veía y sentía con el correr de los años. Me dijo que sabía que toda ella había cambiado porque se podía ver en el espejo, pero, que, a pesar de su osteoporosis, sentía la vitalidad de su juventud. “El tiempo no pierde su tiempo” –dijo. Yo, escuchando con admiración, le pude dar la razón, y pude apreciar con ojos llorosos, que seguía siendo la mujer hermosa, inteligente y fuerte de siempre.
(Texto seleccionado en el V
Concurso de microrrelatos sobre las madres "Madre mía”, Diversidad
Literaria, Madrid/Año 2025)